Érase una vez un niño llamado Bruno que vivía en un pequeño pueblo de Navarra. Bruno todas las noches salía de su casa e iba al bosque, se sentaba en la hierba y pedía un deseo a las estrellas. Una fría noche de invierno, cuando Bruno se dirigía al bosque, vio que algo se movía detrás de unos arbustos. Pensó que sería un conejo, o peor, un zorro, pero la curiosidad pudo más que el miedo y Bruno se acercó para ver qué era. Se metió entre los arbustos y vio una gran bola de pelo blanco delante de una madriguera hecha en el hueco de una roca. "Un oso, un enorme oso polar". Con mucho cuidado se dio la vuelta para no despertarlo, pero el oso sobresaltado se levantó de repente.
- ¿Qué estás haciendo tú aquí a esta hora y solo? Es peligroso andar solo por el bosque y más en invierno - dijo el oso.
- He venido a pedirle un deseo a las estrellas – dijo Bruno.
- ¿Un deseo a las estrellas? ¡Qué tontería! – dijo el oso en tono burlesco.
- Sí, las estrellas conceden deseos.
- ¿Y te han concedido alguno? – replicó oso.
- Aún no, pero seguro que pronto lo harán – dijo Bruno. – Siéntate allí conmigo y pide tú también uno.
El oso siguió a Bruno, que le condujo a una hermosa ladera donde las estrellas lucían más que en ningún otro sitio de todo el pueblo. Los dos se sentaron y miraron al cielo.
- ¿Y tú qué vas a pedir? – dijo el oso.
- Yo voy a pedir una bicicleta nueva que la mía ya está muy vieja – contestó Bruno. - ¿Y tú?
- Yo voy a pedir que pase el invierno pronto y que los cazadores no se lleven a mi familia – dijo el oso.
- ¿Los cazadores?
- Sí, los cazadores vienen en invierno aprovechando que estamos invernando y se llevan a los osos polares, y nunca más vuelven. Así que mientras mi familia vive en la madriguera yo lo hago fuera para vigilar que los cazadores no les hagan daño mientras duermen - contestó el oso con tristeza.
- ¿Qué estás haciendo tú aquí a esta hora y solo? Es peligroso andar solo por el bosque y más en invierno - dijo el oso.
- He venido a pedirle un deseo a las estrellas – dijo Bruno.
- ¿Un deseo a las estrellas? ¡Qué tontería! – dijo el oso en tono burlesco.
- Sí, las estrellas conceden deseos.
- ¿Y te han concedido alguno? – replicó oso.
- Aún no, pero seguro que pronto lo harán – dijo Bruno. – Siéntate allí conmigo y pide tú también uno.
El oso siguió a Bruno, que le condujo a una hermosa ladera donde las estrellas lucían más que en ningún otro sitio de todo el pueblo. Los dos se sentaron y miraron al cielo.
- ¿Y tú qué vas a pedir? – dijo el oso.
- Yo voy a pedir una bicicleta nueva que la mía ya está muy vieja – contestó Bruno. - ¿Y tú?
- Yo voy a pedir que pase el invierno pronto y que los cazadores no se lleven a mi familia – dijo el oso.
- ¿Los cazadores?
- Sí, los cazadores vienen en invierno aprovechando que estamos invernando y se llevan a los osos polares, y nunca más vuelven. Así que mientras mi familia vive en la madriguera yo lo hago fuera para vigilar que los cazadores no les hagan daño mientras duermen - contestó el oso con tristeza.
Ilustración de Peter Wyse
Al día siguiente Bruno volvió al bosque, pero antes pasó por la madriguera a buscar al oso. Los dos juntos fueron a la ladera a pedir su deseo a las estrellas.
- Estrellitas que estáis en el cielo, quiero una bici, por favor, concededme este deseo – suplicó Bruno.
- ¿Por qué no pides algo también para tu familia o tus amigos? – replicó el oso.
- No tengo amigos, y no los necesito, necesito una bici.
- Todo el mundo necesita amigos – dijo el oso.
- Yo no.
- Pues yo quiero que pase el invierno pronto y que no vengan los cazadores – dijo el oso con tristeza.
Y así Bruno y el gran oso polar iban cada día a pedir sus deseos a las estrellas. Cada noche los dos se sentaban en la ladera durante horas e imploraban a las estrellas por todo aquello que siempre desearon, Bruno por su bici y el oso porque los cazadores no les encontrasen.
Pero un día Bruno esperó durante horas en la ladera pero el gran oso polar no aparecía. “Qué raro que no haya venido hoy, espero que no le haya pasado nada”, pensó Bruno. Entonces fue a su madriguera y encontró todo destrozado, la madriguera vacía y ni rastro del gran oso polar y de los otros osos. “Oh no, los cazadores se lo han llevado”.
Entonces Bruno corrió hacia la ladera con lágrimas en los ojos, se sentó y pidió su deseo: “Estrellitas que estáis en el cielo, olvidaros de la bici, ya no quiero una bici, quiero que mi amigo el oso vuelva”. Miró a las estrellas mientras sus lágrimas brotaban de sus ojos como gotas de lluvia. De repente las estrellas empezaron a brillar cada vez con mayor intensidad hasta que produjeron un mágico resplandor que durante unos segundos dejó ciego a Bruno. Unos minutos después y ante un Bruno que no podía creer lo que acababa de suceder, las estrellas se apagaron y acto seguido se volvieron a encender. Bruno las miró y por un instante creyó verlas sonreír.
Al día siguiente Bruno volvió a la ladera para volver a pedir su deseo. “Voy a volver a pedirle a las estrellas que me devuelvan a mi amigo, aunque no se vaya a cumplir mi deseo, las estrellas no cumplen deseos”.
- Claro que las estrellas cumplen deseos, sólo hay que pedirlos de corazón – susurró una voz entre la oscuridad.
- ¡Oso! ¡Has vuelto! – gritó un Bruno feliz abrazado a la enorme barriga peluda de su amigo.
- ¡Bruno! Ya pensé que no te volvería a ver... – dijo el oso emocionado ante el recibimiento de Bruno -. Fuimos capturados por un grupo de cazadores, pero algo extraño sucedió: hubo una especie de resplandor que cegó a los cazadores y que nos ayudó a escapar, y cuando ya estábamos fuera de la jaula las estrellas se apagaron y todo oscureció, así que los cazadores no pudieron seguirnos y pudimos volver a nuestra madriguera.
- ¡Mi deseo! ¡Las estrellas han cumplido mi deseo! – replicó Bruno con entusiasmo.
- Pero si tu deseo era tener una bici – dijo el oso extrañado.
- No, cuando tú desapareciste le pedí a las estrellas que volvieras, y se ha cumplido. No necesito una bici. Lo único que quiero de corazón en este mundo es un amigo como tú.
- Estrellitas que estáis en el cielo, quiero una bici, por favor, concededme este deseo – suplicó Bruno.
- ¿Por qué no pides algo también para tu familia o tus amigos? – replicó el oso.
- No tengo amigos, y no los necesito, necesito una bici.
- Todo el mundo necesita amigos – dijo el oso.
- Yo no.
- Pues yo quiero que pase el invierno pronto y que no vengan los cazadores – dijo el oso con tristeza.
Y así Bruno y el gran oso polar iban cada día a pedir sus deseos a las estrellas. Cada noche los dos se sentaban en la ladera durante horas e imploraban a las estrellas por todo aquello que siempre desearon, Bruno por su bici y el oso porque los cazadores no les encontrasen.
Pero un día Bruno esperó durante horas en la ladera pero el gran oso polar no aparecía. “Qué raro que no haya venido hoy, espero que no le haya pasado nada”, pensó Bruno. Entonces fue a su madriguera y encontró todo destrozado, la madriguera vacía y ni rastro del gran oso polar y de los otros osos. “Oh no, los cazadores se lo han llevado”.
Entonces Bruno corrió hacia la ladera con lágrimas en los ojos, se sentó y pidió su deseo: “Estrellitas que estáis en el cielo, olvidaros de la bici, ya no quiero una bici, quiero que mi amigo el oso vuelva”. Miró a las estrellas mientras sus lágrimas brotaban de sus ojos como gotas de lluvia. De repente las estrellas empezaron a brillar cada vez con mayor intensidad hasta que produjeron un mágico resplandor que durante unos segundos dejó ciego a Bruno. Unos minutos después y ante un Bruno que no podía creer lo que acababa de suceder, las estrellas se apagaron y acto seguido se volvieron a encender. Bruno las miró y por un instante creyó verlas sonreír.
Al día siguiente Bruno volvió a la ladera para volver a pedir su deseo. “Voy a volver a pedirle a las estrellas que me devuelvan a mi amigo, aunque no se vaya a cumplir mi deseo, las estrellas no cumplen deseos”.
- Claro que las estrellas cumplen deseos, sólo hay que pedirlos de corazón – susurró una voz entre la oscuridad.
- ¡Oso! ¡Has vuelto! – gritó un Bruno feliz abrazado a la enorme barriga peluda de su amigo.
- ¡Bruno! Ya pensé que no te volvería a ver... – dijo el oso emocionado ante el recibimiento de Bruno -. Fuimos capturados por un grupo de cazadores, pero algo extraño sucedió: hubo una especie de resplandor que cegó a los cazadores y que nos ayudó a escapar, y cuando ya estábamos fuera de la jaula las estrellas se apagaron y todo oscureció, así que los cazadores no pudieron seguirnos y pudimos volver a nuestra madriguera.
- ¡Mi deseo! ¡Las estrellas han cumplido mi deseo! – replicó Bruno con entusiasmo.
- Pero si tu deseo era tener una bici – dijo el oso extrañado.
- No, cuando tú desapareciste le pedí a las estrellas que volvieras, y se ha cumplido. No necesito una bici. Lo único que quiero de corazón en este mundo es un amigo como tú.
Para Beltrán, el gran soñador




1 comentario:
Precioso, me encanta. Un abrazo de corazón ♥
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